martes, 11 de marzo de 2014

Expiación


Me arrodillé frente al confesor, la cabeza inclinada, la vista en el piso, tal como me había dicho mi instructora de catecismo. 
—¿Es tu primera confesión? 
—Sí —respondí con voz trémula. 
—No tienes por qué tener miedo, no te voy a comer —me animó el sacerdote, su mano apartaba el cabello de mi frente—. Anda, dime todos tus pecados, hijo. 
Así lo hice. 
—¿Te arrepientes de tus actos? 
—Sí, padre. 
—Reza un Padre Nuestro, un Ave María y un Credo —fue la penitencia. 
Al querer ponerme de pie, su mano pesada en mi hombro me detuvo.
—¿Seguro que me has contado todo?
El tono de su voz había cambiado.
—Sí —balbucí.
—Mentiroso: las perrillas en tus ojos te delatan. Anda, abre tu alma y cuéntame lo que viste.

2 comentarios:

Beto Monte Ros dijo...

Hola José Manuel, este relato es muy divertido. Es posible que el niño sea un pícaro, pero al cura le gusta el morbo. Es un placer visitarte y saludarte.

josé manuel ortiz soto dijo...

Beto: gracias por pasar por aquí. Caras vemos...

Va un abrazo.