lunes, 11 de septiembre de 2017

Una botella al mar


—Firme aquí —así lo hice, me entregó la carta y se dio la vuelta para irse, pero se regresó—. Perdone, ¿tiene perro?
Toda familia tradicional que se precie de serlo tiene al menos uno, así que mentí:
—Tenía una perrita schnauzer mediana, color sal y pimienta, y muy buena para clavar colmillos en los chamorros de la gente, pero la mató el parvovirus.
—¡Una gran pérdida! Reciba mis condolencias —dijo el hombre, poniéndose la emblemática gorra de su gremio sobre el pecho.
—¡Si supiera cuánto la echamos de menos! —me lamenté, extrañando a … Lana; de tenerla, ese habría sido su nombre, me dije.
—Lo imagino.
—Ahora, en casa sólo queda un viejo gato negro, que se gasta la vida del sillón a cocina. ¡Ni por enterado de lo que sucede por aquí! Con un ritmo de vida así, cómo no van a tener siete o nueve vidas. ¡Hasta más!
—Pues lo mejor que pude hacer, amigo, es comprarse otro perro.
—Gracias, lo contemplaré una vez resuelto el duelo.
—Primeramente, Dios.
El cartero se calzó la gorra y montó en su bicicleta. Lo vi alejarse lentamente por la avenida, pedaleando con la displicencia del burócrata que espera que la jubilación lo alcance de un momento a otro.
—Pobre hombre —murmuré; las palabras me dejaron un sabor amargo en mi boca.
Recogí del piso tres piedras no muy grandes —aproximadamente 3x5 cm— y apunté la primera a su cabeza. La piedra pasó zumbando a centímetros de la gorra color beige; el cartero quizá pensó que se trataba de un pájaro o un insecto, pues movió el manubrio bruscamente hacia la izquierda. La segunda piedra me avergonzó: se clavó en el piso, a un par de metros detrás de la rueda trasera de la bicicleta.
—Esta es la buena —me animé; me puse de costado izquierdo, levanté la rodilla, giré el cuerpo hacia atrás y me impulsé al frente…
—¡Puta madre! —aborté la maniobra: mi mujer doblaba la esquina en ese instante; ya me había visto y me saludaba con la mano en alto.
Dejé caer la última piedra y fui corriendo a su encuentro.

jueves, 7 de septiembre de 2017

Café pendiente


Afuera la ciudad se inundaba. Tras titubear un poco, entró al café y enfiló en dirección a mi mesa. Parecía enfermo, pero una inspección a “vuelo de pájaro” quitó de mí esa idea. Dejé lo que estaba haciendo —mirar alrededor, sorber mi capuchino, echar un ojo al teléfono y responder algún mensaje— para detener al mesero que venía con una escoba en la mano. Yo me hago cargo, le dije. ¿Seguro?, insistió. Sí, respondí. Joven... ¿No sería mejor que tomara mi orden?, se envalentonó el pajarito, sacudiendo sus alas empapadas con pequeños vuelos del respaldo de la silla al centro de la mesa.

miércoles, 5 de julio de 2017

Cavilaciones


Vivía conmocionado por la tragedia que lo dejó en la orfandad. Las consultas al terapeuta apenas sirvieron para hacerlo recrear el pasado por años. El carácter se le agrió, llevaba siempre bajo la dermis los rencores. Hasta que al fin un día estuvo frente al asesino despiadado de su familia. «Te he matado tantas veces que no sé si una más haga la diferencia», le espetó. «Yo soy más práctico, a mí me basta con hacerlo una sola vez», le respondió aquel antes de disparar. El cristal que separaba a los dos quedó hecho trizas.

viernes, 9 de junio de 2017

martes, 18 de abril de 2017

La otra Penelopea


A ella jamás se le vio detrás de la ventana con el tejido de la espera sobre el regazo,  celebraba con vino y carne asada, brindando con sus recuerdos de mañana.

Imagen de @reddwalitzki

martes, 21 de marzo de 2017

Dar de comer al hambriento


En recuerdo del tío Tarcisio, papá de mis primos García Soto

A tío Chicho se le ve por el mercado con una bolsa de mandado en cada mano. Los dependientes de los puestos lo saludan con familiaridad porque seguro tienen un aparato electrónico o una máquina de escribir que tío Chicho reparó alguna vez, y le ofrecen sus mejores chiles, cilantro, jitomates, cebollas. Como también es administrador de la Unión Ganadera local, eso le asegura a la familia de tío Chicho barbacoa y montalayo de primera; las carnitas y el chicharrón más frescos; los bistecs y las costillas más suaves. Fruta de temporada, jugos de naranja y de zanahoria, tortillas y semitas, dulce de membrillo y gelatinas con rompope completan el mandado.
Es por todo eso que a media mañana los sobrinos, hermanos y cuñadas de tío Chicho se aparecen sorpresivamente por la casa. Entre saludos y bostezos, Lalín sepulta el trozo de barbacoa en sus dos tortillas con salsa pico de gallo. «¡Uta, pica un chingo!», se queja el Gabo Gordo,  y pide a Toni que le sirva un vaso de jugo de naranja. A eso de la una de la tarde el lugar comienza a vaciarse. La última en dejar el comedor es tía Trini, que muy seria le dice a su esposo que no deje remojar tanto los trastes, porque se apestan.
—¡Y apúrate a ir al mercado, Chicho, que ya casi es hora de comer!


Las metamorfosis de Diana (Fábulas para leer en el naufragio), Lagarta azul, 2015.

martes, 24 de enero de 2017

Juicio



A donde quiera que voy, oigo  decir a la gente que bajo la capucha del verdugo se oculta el rostro de un hombre triste y atormentado por sus actos. Nada más lejos de la realidad: por las noches, cuando me despojo de la máscara, sólo veo a mi propio verdugo, que aguarda paciente.