miércoles, 20 de abril de 2011

Falso testigo (micronovela)



I La aprehensión

Cuando llegué a casa, ahí estaba la policía.
―Queda detenido por el asesinato de Pedro Antonio Pando ―espetó el agente al mando mientras un grupo de hombres armados me rodeaba. Era una escena tan de película gringa que cualquier intento de respuesta habría sido un crimen. Esposado, vituperado por quienes hasta hoy habían sido vecinos cordiales, fui empujado al interior de una patrulla.
―Debe haber un error, oficial, no tengo idea por qué se me acusa.
―¿Ya oíste, pareja?―. ¡Ahora resulta que es un pinche santo!
―¡Lo juro!
―Pues dícelo al ministerio público, y deja ya de estar chillando ―terció el tipo al volante.
―Aunque de nada va a servir: tenemos un testigo.

II Testigo de la nada

El testigo dijo que vio salir de casa del finado a un hombre con la ropa ensangrentada.
―¿Está aquí en este momento? ―preguntó el agente del Ministerio Público.
―Sí ―ratificó, señalándome.
―Que conste en actas.
Las cosas continuaron mal.
―Mi clienta solicita el divorcio; no puede cohabitar con un criminal ―demandó el abogado de mi mujer.
Casados por bienes mancomunados, al menos me correspondía la mitad de todas nuestras posesiones. Bueno, eso era lo que yo creía.

III Como en un laberinto

Tras un largo juicio que se prolongó tres años y medio, quedé en libertad por falta de elementos. "A nombre del Pueblo, le ofrezco una disculpa por las molestias causadas. Puede irse".
No ha venido nadie a recibirme. Me adentro en la ciudad como en un laberinto que parece eterno. Después de caminar sin rumbo todo el día me siento cansado, pero antes de marcharme de aquí debo hacer dos visitas. Detengo un taxi.

IV Primera visita

Parece que la reclusión ha reblandecido mi carácter. "Te has vuelto sentimental", me digo al observar la que fuera mi casa y esperar que de un momento a otro asome mi ex mujer… Pero no sucederá, antes de la firma del divorcio vendió todo y desapareció. “Así son las viejas, se llenan los bolsillos a costa tuya y después te mandan a la chingada”, me dijo en prisión un convicto que asesinó a tres de sus cinco esposas. Quizás, sólo que en mi caso el dinero siempre fue suyo, ¿qué podría reclamarle?

V Segunda visita

El Pinto abrió la puerta.
―Te esperaba desde temprano.
―No hay plazo que no se cumpla, dice el dicho y dice bien. Aquí me tienes.
―Tengo algo para que te animes ―el Pinto abrió una maleta llena de dinero.
―¿Y mi mujer? Perdón, mi ex mujer…
Una sonrisa maliciosa asomó al rostro del Pinto.
―Dicen que se deshizo de todas sus cosas y se fugó con su abogado, dejándote en la ruina. Desde entonces, nadie ha vuelto a saber de ellos. Y yo menos.
―Que Dios los tenga en su Santa Gloria y se apiade de sus pecados… ―cerró la maleta y apuró el resto de cerveza. Con el dinero ganado en este último negocio podrían retirarse tranquilamente―. No más muertos ni testigos falsos, Pintito, no más.

Imagen tomada de la red.

lunes, 11 de abril de 2011

El nombre del diablo


Si tuviera que poner un nombre al diablo, sería Guillermo, como aquel chiquillo tartamudo que nos quitaba el dinero a los niños de la cuadra. O Memo, el gordo de la secundaria, que ante la menor sonrisa o comentario sobre obesos, te surtía a patadas. Han pasado por mi vida otros Guillermos que mi subconsciente se empeña en olvidar, pero las cicatrices en mi cara traen a la memoria cada vez que estoy frente a un espejo.
Mientras me decido a entrar, vuelvo a leer la credencial que encontré junto a la puerta: G. Santos de la Peña, dice al lado de la fotografía de un tipo de rostro adusto y mirada penetrante, ceja poblada y puntiaguda, imponente... Sé que son muchos los nombres que comienzan con la letra G, también que predominan los Gabrieles, Guadalupes y… ¡los Guillermos! Me estremezco, los recuerdos de infancia y juventud están de vuelta; me sudan las manos; se me doblan las corvas...
De vuelta la calle me siento más tranquilo; vagaré por ahí un par de horas… pero al rato que regrese del trabajo a la misma hora de siempre, le preguntaré a mi esposa cómo se llama el hijo de puta que tiene por amante.

Imagen toda de la red.

miércoles, 30 de marzo de 2011

A las carreras


Hace mucho que no corro maratón por considerarlo, a estas alturas, una chinga innecesaria. Diez… veinte kilómetros, se han vuelto mi especialidad. Corredores pasan a mi lado y los veo alejarse; los de categoría elite ya deben estar cruzando la meta. Siento sobre mí la mirada de la gente; quizá espera que arrase como en otros tiempos, pero ya no es lo mismo. Eso me incomoda. Busco al frente un niño, una mujer… cualquier espécimen que me reivindique. Hay muchos que sólo caminan, pero resultaría humillante considerarlos competidores. Entonces veo a un señor de playera amarilla: sesenta y nueve años a lo mucho, no muy rápido…  Acelero; siente mi presencia en su espalda e incrementa el ritmo de carrera. Así seguimos por casi tres kilómetros; estoy por olvidarme de él, cuando ―¡al fin!― lo veo llevarse las manos al pecho… Bueno, creo que aún tengo una oportunidad.

Imagen tomada de la red.

jueves, 17 de marzo de 2011

Vivir para contarlo


―El final no me convence. Busca otro ―dijo P.
Aquel juego, que en un principio le pareció harto gracioso, había llegado a un límite que A no estaba dispuesto a permitir.
―¡Si no te parece, hazlo tú, chingada madre! ―estalló.
En lugar de amedrentarse (como A esperaba), P. tomó su sitio ante la computadora y comenzó a teclear.
―No me gusta que estés aquí pegado… ―señaló la cafetera, el periódico del día, un paquete de cigarros junto al cenicero rebosado.
A cada palabra que P. escribía en la pantalla, la desolación de A era más profunda. Al cabo de un rato lo escuchó decir:
―Aquí tienes, lee:
―“… cuando el personaje protagónico (al que llamaremos Pierre) exigió al autor hacer valer sus derechos, éste supo que no podía seguir así y, en un acto de valor y amor propio incuestionables, se pegó un tiro en la cabeza. Hoy sus detractores justifican su suicidio pues aseguran que no tenía más que decir…”

Imagen tomada de la red.

miércoles, 9 de marzo de 2011

La voz


Dueña de un cuerpo tentador ―adonde iba levantaba comentarios―, nunca le importaron las lecciones de solfeo. Hoy desafina en locales de mala nota.

Imagen tomada de la red.