Para mi sobrino Beto Gómez A., mimo
Como cada noche, comienza la difícil tarea de desprenderse de su personaje. Se saca los zapatos y las calcetas; desabrochado el cinto, el pantalón cae por su propio peso; después viene el saco y el suéter cuello de tortuga. Hay en los guantes algo de imperiosa necesidad y los deja al último: disfruta verlos desmaquillar ese rostro blanquecino al que tanto se ha aficionado. Solo entonces, cuando el sueño pliega ya sus ojos, puede volver a la condición de fantasma a la que fue condenado.
Imagen tomada del FB de Roberto Ávila.



